Corría el año 1665. Yo venía de Londres huyendo de la peste.
Me lo encontré en una encrucijada en el condado de Lincolnshire.
Entonces ofreciéndole tabaco le pregunté:
-¿Este camino de la izquierda conduce a Woolsthorpe?.
-Ni lo sé, ni me interesa – me contestó el insensato.
Entonces fue cuando, enfadado, le di una patada al tronco del manzano bajo el cual, se cobijaba de la lluvia.
Fue tal el golpe que le propinó la madura fruta que allí quedó medio aturdido, ensopado y con la cabeza herida.
Yo salí corriendo por el camino de la derecha y ya no supe más de este desdichado y de su fortuna.
martes, 28 de septiembre de 2010
viernes, 10 de septiembre de 2010
La muerte y la mortadela
La madre de Ignacio es lo que mi padre dice “una mujer fuerte”. Bueno mi padre también dice que todas las mujeres son fuertes. Lo dice porque el padre de Ignacio se murió cuando nosotros íbamos a tercero, que vino el alcalde a la clase y se llevo a Ignacio haciéndole caricias en la cabeza. Y luego nos enteramos que a su padre se le había volcado el tractor encima en la cuesta del Cabecico Blanco y lo había matado, matado para siempre. Ignacio y yo estuvimos sentados en la tapia de su casa todo el día, casi sin hablar nada, mientras toda la gente del pueblo entraba y salía. Mi madre nos trajo unos bocadillos de mortadela y unas fantas…
Cuando vienen los gitanos al pueblo venden por las calles ajos de la cabeza gorda… Cuando vienen los gitanos al pueblo compran cacharros viejos, cantaros, lebrillos, medallas de oro y plata, monedas, libros... y también se interesan por los burros viejos. Los llevan al alto de Camarota y los atan a la baranda. Luego por la tarde cuando están todos allí los montan en un camión y se los llevan a no se que país, dicen que para hacer mortadela.
Cuando vienen los gitanos al pueblo venden por las calles ajos de la cabeza gorda… Cuando vienen los gitanos al pueblo compran cacharros viejos, cantaros, lebrillos, medallas de oro y plata, monedas, libros... y también se interesan por los burros viejos. Los llevan al alto de Camarota y los atan a la baranda. Luego por la tarde cuando están todos allí los montan en un camión y se los llevan a no se que país, dicen que para hacer mortadela.
martes, 24 de agosto de 2010
¿Quieres verlo de nuevo? ¡paga!
Anoche no hice el amor con mi mujer. Como otras muchas noches. Pero además ni hablamos. Dormimos juntos pero de espaldas el uno al otro.
Otras noches dice:
–Mañana cariño. Te prometo que mañana. ¡Vale!
Pero yo se que el mañana no existe, ni tampoco el pasado.
Fuera el viento sopla entre las hojas de la palmera que crece hasta la ventana del dormitorio, un quinto, un buen ejemplar de Phoenix datilífera, como un falo señalizador de la nada.
Me levanté temprano, no había descansado apenas en toda la noche.
“Cuando salí estaba empezando a amanecer”
Yo nunca le había sido infiel a mi mujer.
Cogí las llaves del escarabajo y salí del garaje escuchando a Tracy Chapman:
“You got a fast car
I want a ticket to anywhere
Maybe we make a deal
Maybe together we can get somewhere”
Siempre le he limpiado el coche a mi mujer en el lavadero del centro comercial. Al cruzar el puente del auditorio me fijo en la gente que ya anda pescando en el rió. Barvos con sabor a ciénaga.
El lavadero acababa de abrir. Solo hay un mercedes 300 delante. Una chica nueva me rocía jabón líquido por los faros, por el capó, por el parabrisas, por las ruedas y pegando su cuerpo al coche con un cepillo frota por los intersticios. Yo bajo el cristal y le doy cinco euros. Ella sonríe.
Cuando los rodillos terminan de hacer su trabajo, giro a la izquierda y salgo por detras, donde descargan los camiones del centro comercial. Al final de la calle una puta a mi paso se levanta la falda. Yo, que voy en mis pensamientos, no veo nada.
Giro de nuevo a la izquierda y me propongo volver a pasar.
Y allí estaba ante la puta, pero la puta, que reconoce el coche, me grita:
–¿Quieres verlo de nuevo? ¡Paga!
Yo avergonzado, solo un poco avergonzado, acelero. Cuando el semáforo se pone en verde, giro a la izquierda.
En el equipo del coche vuelve a sonar “You got a fast car I want a ticket to anywhere … “
Otras noches dice:
–Mañana cariño. Te prometo que mañana. ¡Vale!
Pero yo se que el mañana no existe, ni tampoco el pasado.
Fuera el viento sopla entre las hojas de la palmera que crece hasta la ventana del dormitorio, un quinto, un buen ejemplar de Phoenix datilífera, como un falo señalizador de la nada.
Me levanté temprano, no había descansado apenas en toda la noche.
“Cuando salí estaba empezando a amanecer”
Yo nunca le había sido infiel a mi mujer.
Cogí las llaves del escarabajo y salí del garaje escuchando a Tracy Chapman:
“You got a fast car
I want a ticket to anywhere
Maybe we make a deal
Maybe together we can get somewhere”
Siempre le he limpiado el coche a mi mujer en el lavadero del centro comercial. Al cruzar el puente del auditorio me fijo en la gente que ya anda pescando en el rió. Barvos con sabor a ciénaga.
El lavadero acababa de abrir. Solo hay un mercedes 300 delante. Una chica nueva me rocía jabón líquido por los faros, por el capó, por el parabrisas, por las ruedas y pegando su cuerpo al coche con un cepillo frota por los intersticios. Yo bajo el cristal y le doy cinco euros. Ella sonríe.
Cuando los rodillos terminan de hacer su trabajo, giro a la izquierda y salgo por detras, donde descargan los camiones del centro comercial. Al final de la calle una puta a mi paso se levanta la falda. Yo, que voy en mis pensamientos, no veo nada.
Giro de nuevo a la izquierda y me propongo volver a pasar.
Y allí estaba ante la puta, pero la puta, que reconoce el coche, me grita:
–¿Quieres verlo de nuevo? ¡Paga!
Yo avergonzado, solo un poco avergonzado, acelero. Cuando el semáforo se pone en verde, giro a la izquierda.
En el equipo del coche vuelve a sonar “You got a fast car I want a ticket to anywhere … “
sábado, 31 de julio de 2010
El hijo del carnicero
A Mademoiselle Hélène Daville
Cuando un día le pregunte a mi abuelo por el hijo del carnicero, me dijo:
-El hijo del carnicero ya era tonto antes de que la maquina de picar carne le arrancara el brazo.
El hijo del carnicero vivía en una casa que parecía un castillo, que solo le faltaba el foso. Tenía una tapia que la rodeaba por todos lados.
Su madre siempre andaba tendiendo ropa y hablando en voz alta para nadie. Su padre siempre andaba cagándose en la puta y escupiendo en el suelo.
El hijo del carnicero debe andar ya por los cincuenta y tantos y sin embargo parece un niño. Ahora esta solo.
Por las tardes, cuando bajo a la biblioteca, paso por su calle. Siempre me lo encuentro sentado en lo alto del muro.
Pero hay que andarse con mucho cuidado porque el muy cabrón a la más minima te escalabra con una piedra suelta de su muralla.
Una vez lo vi caerse desde arriba, cuando apedreaba a alguien que no era yo. Al hacer el impulso para lanzar su rabia termino desequilibrándose y cayó al suelo empedrado como un saco de manzanas.
Entonces, con la boca ensangrentada y sin quejarse lo más mínimo, lo vi entretenerse en matar hormigas con su único dedo índice. Una tras otra.
Cuando un día le pregunte a mi abuelo por el hijo del carnicero, me dijo:
-El hijo del carnicero ya era tonto antes de que la maquina de picar carne le arrancara el brazo.
El hijo del carnicero vivía en una casa que parecía un castillo, que solo le faltaba el foso. Tenía una tapia que la rodeaba por todos lados.
Su madre siempre andaba tendiendo ropa y hablando en voz alta para nadie. Su padre siempre andaba cagándose en la puta y escupiendo en el suelo.
El hijo del carnicero debe andar ya por los cincuenta y tantos y sin embargo parece un niño. Ahora esta solo.
Por las tardes, cuando bajo a la biblioteca, paso por su calle. Siempre me lo encuentro sentado en lo alto del muro.
Pero hay que andarse con mucho cuidado porque el muy cabrón a la más minima te escalabra con una piedra suelta de su muralla.
Una vez lo vi caerse desde arriba, cuando apedreaba a alguien que no era yo. Al hacer el impulso para lanzar su rabia termino desequilibrándose y cayó al suelo empedrado como un saco de manzanas.
Entonces, con la boca ensangrentada y sin quejarse lo más mínimo, lo vi entretenerse en matar hormigas con su único dedo índice. Una tras otra.
martes, 6 de julio de 2010
Manzana (1) (de Eva)
Todavía tenia el sabor de la jugosa manzana con sangre mientras el enfermero me insertaba las grapas intentando unir la base de mi dedo pulgar con la palma de la mano.
La verdad, era una manzana de anuncio, limpia, brillante, tentadora, en la que se podía ver deformada toda la cocina y yo con el cuchillo. Eva la había dejado en la mesa y se duchaba.
También resulto dura y resbaladiza; lo suficiente como para haberme cortado entero el dedo gordo de la mano.
En el primer momento dolor no había y tuve tiempo de coger el tajo seccionado que se columpiaba en la mesa. Tintado y todo de sangre me lo lleve a la boca...
Luego iré a refugiarme entre los pechos de Eva como un niño asustado o como un hombre expulsado del paraíso.
La verdad, era una manzana de anuncio, limpia, brillante, tentadora, en la que se podía ver deformada toda la cocina y yo con el cuchillo. Eva la había dejado en la mesa y se duchaba.
También resulto dura y resbaladiza; lo suficiente como para haberme cortado entero el dedo gordo de la mano.
En el primer momento dolor no había y tuve tiempo de coger el tajo seccionado que se columpiaba en la mesa. Tintado y todo de sangre me lo lleve a la boca...
Luego iré a refugiarme entre los pechos de Eva como un niño asustado o como un hombre expulsado del paraíso.
jueves, 17 de junio de 2010
MARILYN
Era una soleada casa blanca con un espacioso jardín sin perro. El seto de brezo era bajo y solo tuve que dar un disimulado salto y me encontré dentro de la residencia de los Miller.
Ella estaba sentada en un banco abrazada a sus rodillas leyendo ensimismada.
–Hola. –me dijo cuando la interrumpí en su lectura del Ulysses de James Joyce.
–¿Me quieres? –le dije yo nervioso.
Ella estaba sentada en un banco abrazada a sus rodillas leyendo ensimismada.
–Hola. –me dijo cuando la interrumpí en su lectura del Ulysses de James Joyce.
–¿Me quieres? –le dije yo nervioso.
miércoles, 9 de junio de 2010
Hay dos cosas que me dan envidia de los perros
Aunque no quiero que me laman, ni que me muerdan, hay dos cosas, entre otras, que me dan envidia de los perros, aunque ellos se mueran antes. Una, que pueden masticar los huesos hasta triturarlos, y otra, que cuando de niño, por la tarde, recién comido, me iba a la escuela, el perro de mi abuela se quedaba tomando el sol en la puerta del estanco. Cuando pasaba por su lado levantaba la cabeza un poco con pesadumbre, me miraba levemente y dejándola caer seguía dormitando. Yo, pesaroso, con verdadera envidia, doblaba la esquina y tomaba la Calle de los Pasos hacia el colegio.
viernes, 28 de mayo de 2010
Un colchón nuevo o una segunda oportunidad o las dos cosas
Mi mujer y yo compramos un colchón nuevo. El viejo se ha hecho viejo de solo dormir. A mi no me importaba mucho que sus muelles gruñeran en la silenciosa noche. Pero estaba viejo. Muerto.
Cuando quite, con ayuda de mi mujer, el viejo y pesado colchón para colocar el nuevo de viscolatex con aroma a aloe vera, con una de sus esquinas duras tire el cuadro que colgaba encima del cabezal de la cama. Un fragmento de La Creación de Adán, porque les diré que soy católico, apostólico y romano, aunque, eso si, añadiendo una insignificante apostilla, que soy ateo. Dios y el hombre no se tocan, sus dedos índices no llegan a tocarse en la tormentosa pared agrietada de la capilla.
Coloque el cuadro en sus sitio y como si de un muerto se tratase arrastramos el colchón por el pasillo hasta llegar al salón.
–Este piso nuestro es demasiado pequeño para dos colchones de matrimonio –le dije a mi mujer.
–¡Tenemos que bajarlo a los contenedores! –Me grito ella aunque me tenía a su lado.
–Pero si no hemos avisado al servicio de recogida.
–No importa, la calle esta solitaria y no nos vera nadie.
Y fue verdad, no nos vio nadie que nosotros viéramos.
Salí al balcón a fumarme un cigarrillo. El trabajo ya estaba hecho. Abajo el colchón se había volcado y casi cortaba el paso a la gente que de vez en cuando transitaba por la acera. Un coche de policía se pasea por la calle.
Termine de darle la última calada al cigarrillo y estaba apagándolo en la maceta de geranios cuando un hombre pequeño con una bicicleta grande cogió el colchón como si de una almohada individual se tratara y doblándolo como se dobla una rebanada de pan de molde lo ato en el portaequipajes, y nada, desapareció zigzagueando por la esquina del colegio.
Me metí al salón pensando que no estaría nada mal que cuando llegara el fin pudiera tener la suerte de ese viejo colchón de muelles. De momento, mi mujer y yo, tenemos un colchón nuevo.
Cuando quite, con ayuda de mi mujer, el viejo y pesado colchón para colocar el nuevo de viscolatex con aroma a aloe vera, con una de sus esquinas duras tire el cuadro que colgaba encima del cabezal de la cama. Un fragmento de La Creación de Adán, porque les diré que soy católico, apostólico y romano, aunque, eso si, añadiendo una insignificante apostilla, que soy ateo. Dios y el hombre no se tocan, sus dedos índices no llegan a tocarse en la tormentosa pared agrietada de la capilla.
Coloque el cuadro en sus sitio y como si de un muerto se tratase arrastramos el colchón por el pasillo hasta llegar al salón.
–Este piso nuestro es demasiado pequeño para dos colchones de matrimonio –le dije a mi mujer.
–¡Tenemos que bajarlo a los contenedores! –Me grito ella aunque me tenía a su lado.
–Pero si no hemos avisado al servicio de recogida.
–No importa, la calle esta solitaria y no nos vera nadie.
Y fue verdad, no nos vio nadie que nosotros viéramos.
Salí al balcón a fumarme un cigarrillo. El trabajo ya estaba hecho. Abajo el colchón se había volcado y casi cortaba el paso a la gente que de vez en cuando transitaba por la acera. Un coche de policía se pasea por la calle.
Termine de darle la última calada al cigarrillo y estaba apagándolo en la maceta de geranios cuando un hombre pequeño con una bicicleta grande cogió el colchón como si de una almohada individual se tratara y doblándolo como se dobla una rebanada de pan de molde lo ato en el portaequipajes, y nada, desapareció zigzagueando por la esquina del colegio.
Me metí al salón pensando que no estaría nada mal que cuando llegara el fin pudiera tener la suerte de ese viejo colchón de muelles. De momento, mi mujer y yo, tenemos un colchón nuevo.
martes, 18 de mayo de 2010
Capitulo 3
Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Aunque si voy camino de la confitería, nunca le diría a nadie que me preguntara que voy a la librería. Es cierto que miento, siempre, claro esta, cuando se trata de no hacer daño a las personas que quiero, casi, pero no tanto, como un Leonard Zelig.
Por este motivo mentiría sobre si me gusta o no una estatua de plexiglás, un dado de acero o una exposición de fotografía.
Un día, una amiga que había ido conmigo todos los años de la escuela, que yo la tenia como a una hermana, que por ello era incapaz de pensar sexualmente en ella, que ni me pasaba por la cabeza imaginarme sus tetas, en el primer año de instituto, sin avisar ni nada, va y se me declara y me dice que me quiere con locura y que no puede vivir sin mi, que todo este tiempo ha estado amándome en secreto y todo eso. En mi mente quieta solo veía dos caminos para tomar y se iluminaban alternativamente sus carteles señalizadores, como en un motel de la Route 66: uno, rojo, me casaba con ella llevando una sacrificada vida de amor fingido y otro, verde, que elegí rápidamente, y fue decirle que era gay, que era un pedazo de gay que ella no se merecía.
De poco sirvió mi piadoso embuste cuando una semana después me pilló comiéndome a besos a una chica en San Esteban. Pensé en añadir lo de una bisexualidad contenida o reprimida, o algo por el estilo, decirle algo, salirle por peteneras, volver a mentirle, decirle que estaba probándome, pero no dije nada, guarde silencio.
Ella tampoco dijo nada, me miro con una tristeza que me dolía, como una quemadura. Yo, quieto, con mi cabeza apoyada en el hombro de la chica y medio enredado en su pelo, la vi alejarse hasta que se la trago la entrada de El Corte Ingles.
Por este motivo mentiría sobre si me gusta o no una estatua de plexiglás, un dado de acero o una exposición de fotografía.
Un día, una amiga que había ido conmigo todos los años de la escuela, que yo la tenia como a una hermana, que por ello era incapaz de pensar sexualmente en ella, que ni me pasaba por la cabeza imaginarme sus tetas, en el primer año de instituto, sin avisar ni nada, va y se me declara y me dice que me quiere con locura y que no puede vivir sin mi, que todo este tiempo ha estado amándome en secreto y todo eso. En mi mente quieta solo veía dos caminos para tomar y se iluminaban alternativamente sus carteles señalizadores, como en un motel de la Route 66: uno, rojo, me casaba con ella llevando una sacrificada vida de amor fingido y otro, verde, que elegí rápidamente, y fue decirle que era gay, que era un pedazo de gay que ella no se merecía.
De poco sirvió mi piadoso embuste cuando una semana después me pilló comiéndome a besos a una chica en San Esteban. Pensé en añadir lo de una bisexualidad contenida o reprimida, o algo por el estilo, decirle algo, salirle por peteneras, volver a mentirle, decirle que estaba probándome, pero no dije nada, guarde silencio.
Ella tampoco dijo nada, me miro con una tristeza que me dolía, como una quemadura. Yo, quieto, con mi cabeza apoyada en el hombro de la chica y medio enredado en su pelo, la vi alejarse hasta que se la trago la entrada de El Corte Ingles.
viernes, 7 de mayo de 2010
El día que conocí a Holden Caulfield
Yo tuve más suerte que el jorobado bartlebys rastreador de bartlebys. No todos mis familiares han muerto y no tengo joroba, aunque si algún que otro trauma. Por lo demás, soy feliz a ratos, aunque cuando me dejo mi mujer pase siete días para morirme. Yo bebo toda la cerveza que puedo, me gusta el té y el café y de vez en cuando me lío algún cigarro y lo disfruto. Pero como les decía, yo tuve más suerte que el jorobado, porque yo a quien vi, en un autobús por la Quinta Avenida de Nueva York, no fue a Jerome David Salinger, sino al mismísimo Holden Caulfield. Y estoy seguro de que era él. Llevaba a su hermana cogida de la mano, estaban sentados en la última fila, no paraban de conversar y se reían, se reían continuamente.
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