Lucy, sin saber su nombre, camina por el barro cálido, mientras mordisquea una especie de manzana verdosa.
Las constelaciones poderosas, en un mundo oscuro, cuelgan como “mandarinas” en un “cielo de mermelada”.
La tierra oscura cruje y la ceniza lo cubre todo. Un diamante escondido.
Han pasado tres millones de años, al menos eso parece, y suena, en una radio polvorienta, una canción calidoscópica. Y Lucy, como Lázaro, camina de nuevo.
Han pasado diez años aunque no me lo crea. Salgo del instituto, de clase de filosofía, y una chica, de la que me enamoro locamente, me sonríe “frente a las flores”.
sábado, 26 de marzo de 2011
miércoles, 23 de febrero de 2011
“Mi alma es un lazo intrincado”
“Una joven dama llamada Bright
que correr más que la luz podía
se marcho una mañana
a la manera einsteniana
y a la noche anterior volvía”
A. H. Reginald BullerEn la plaza de Santo Domingo me encontré con un compañero del instituto. Me dio tanta alegría verlo que hasta lo abracé. Hacía casi veinte años que no le veía. Iba con su mujer y sus dos hijos, por cierto, guapísimos, un niño de unos cuatro años, con una mirada inteligente y una niña más pequeña, risueña, simpática, más inteligente todavía y con unos rizos que enamoraban. Me los encontré en las cercanías del Ficus de Codorniú. Me saludó muy tranquilo, y creo que se alegró de verme, me presentó a su mujer, que me dio dos besos mojándome las mejillas. Me comentó que andaban por la zona porque estaba escribiendo una novela y una pequeña escena se desarrollaba en este lugar.
He de decir, que ver a esta familia me resultó muy reconfortante, les vi tan tranquilos, que era como si en realidad existiera Dios o esta vida tuviera sentido. Los niños corrieron hacia una fuente junto al monumento de Los Derechos Humanos. Su madre los seguía con la mirada. Cuando nos despedimos, los niños daban vueltas alrededor del monumento y los padres se dieron la mano. Yo miré tres veces hacia atrás para verlos, hasta que doble la esquina por Häagen-dazs hacia Correos.
martes, 18 de enero de 2011
Margarita
Mi novia de la infancia la tenía desde párvulos. Ella, me enseñaba siempre de qué color llevaba las bragas y me decía que su padre y su madre se besaban continuamente. Nosotros nos besábamos detrás del armario, donde la seño guardaba las cartulinas, los palillos y el pegamento. Los besos de Margarita sabían a chocolate casi todas las veces, aunque otras sabían a plátano o a mandarina.
A mi padre y a mi madre no los vi besarse nunca.
El novio de la seño merodeaba algunos días por el colegio. Se asomaba por el cristal de la ventana y hacía muecas, como si fuera imbécil, hasta que la seño lo veía. Entonces, la seño se quitaba el babi y se arreglaba el tipo muy deprisa, pero como despacio y salía a la puerta andando de puntillas deprisa, pero como despacio, y entonces se besaban.
Los besos de la seño sabían a caramelo de menta.
Margarita me quería mucho y no podía vivir sin mí. Me hacía los deberes igual que los suyos, y me pintaba de colores los coches y las motos que yo dibujaba en mi libreta de dos rayas. Me daba siempre, aunque yo no quisiera, bocados de su cropan y me decía que cuando fuésemos mayores nos casaríamos y viviríamos juntos para siempre, besándonos a todas horas como sus padres.
Pero, después de mucho tiempo, un día, casi sin darme cuenta, le habían crecido las tetas y ya no quiso saber nada de mí. Me dijo que habíamos roto.
Margarita ya no me enseñaba de qué color llevaba las bragas, ni me hacía los deberes, ni me pintaba mis dibujos y por supuesto ya no me daba besos después de comerse su cropan.
Y yo no sabía qué es lo que se había roto.
A mi padre y a mi madre no los vi besarse nunca.
El novio de la seño merodeaba algunos días por el colegio. Se asomaba por el cristal de la ventana y hacía muecas, como si fuera imbécil, hasta que la seño lo veía. Entonces, la seño se quitaba el babi y se arreglaba el tipo muy deprisa, pero como despacio y salía a la puerta andando de puntillas deprisa, pero como despacio, y entonces se besaban.
Los besos de la seño sabían a caramelo de menta.
Margarita me quería mucho y no podía vivir sin mí. Me hacía los deberes igual que los suyos, y me pintaba de colores los coches y las motos que yo dibujaba en mi libreta de dos rayas. Me daba siempre, aunque yo no quisiera, bocados de su cropan y me decía que cuando fuésemos mayores nos casaríamos y viviríamos juntos para siempre, besándonos a todas horas como sus padres.
Pero, después de mucho tiempo, un día, casi sin darme cuenta, le habían crecido las tetas y ya no quiso saber nada de mí. Me dijo que habíamos roto.
Margarita ya no me enseñaba de qué color llevaba las bragas, ni me hacía los deberes, ni me pintaba mis dibujos y por supuesto ya no me daba besos después de comerse su cropan.
Y yo no sabía qué es lo que se había roto.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Alegría
No me gusta cruzar los pasos de peatones con el semáforo en rojo, y aunque las calles estén desiertas, siempre aguanto en el borde de la acera, hasta que el hombrecillo verde se enciende, entonces me decido a cruzar.
Bueno, lo que yo quería decirles, es que cuando atravesé la calle, en un trocito de jardín con césped, había dos chicas jugando al voleibol, sin red ni nada. Estaban frente a frente, como a unos cuatro metros de separación y cuando hacían una jugada más o menos larga, se aplaudían la una a la otra con mucho entusiasmo. La verdad, es que daba alegría verlas.
Luego, me dirigí hacia el río, y por el Puente Nuevo, aunque es de 1903, pasé al otro lado de la ciudad.
Bueno, lo que yo quería decirles, es que cuando atravesé la calle, en un trocito de jardín con césped, había dos chicas jugando al voleibol, sin red ni nada. Estaban frente a frente, como a unos cuatro metros de separación y cuando hacían una jugada más o menos larga, se aplaudían la una a la otra con mucho entusiasmo. La verdad, es que daba alegría verlas.
Luego, me dirigí hacia el río, y por el Puente Nuevo, aunque es de 1903, pasé al otro lado de la ciudad.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Antes que cante un gallo
Me ha dado mi hija, sin querer, una patada en la espinilla y de pronto se me ha entristecido el alma hasta el punto de que el dolor no me duele.
Entró por primera vez en clase a media mañana, justo después del recreo, aún andaba por mi boca el sabor de la nocilla, y, cuando ya llevábamos dos meses de curso. Yo recuerdo con exactitud ese momento, eso es lo que creo, porque nada más aparecer por la puerta en compañía del director que nos lo presentó, me soltó el muy cabrón una patada en la espinilla derecha, que se me saltaron las lágrimas.
Su aspecto era impecable, como de no ser el hijoputa que llevaba dentro. Llevaba pantalón vaquero largo, cuando todos íbamos de corto, y unas zapatillas deportivas que no eran de La Tórtola. Su cazadora roja llevaba a la espalda palabras negras en inglés que yo no entendí pero que sí copié letra a letra en mi cuaderno de matemáticas, porque la seño lo sentó delante de mí en una mesa que trajeron de otra clase, “The House of the Baskervilles”.También apunté lo que ponía en sus blancas zapatillas, “Reebok”.
Las lágrimas me las tragué por los ojos y no dije nada a nadie, ni a Joaquín que estaba a mi lado. Quizás ese día repartió más regalos silenciosos como el mío.
Yo no dije nada y nadie dijo nada. Tampoco el día, que a la salida de clase, ató a un perro con un cordel de pita y lo fue arrastrando por todo el Camino de la Fuente, hasta el Cabezo de La Doctrina. Tampoco dijimos ni hicimos nada que no fuera seguirle en sudorosa algarabía cuando decidió ahorcar al pobre perro en el primer pino que se encontró. Yo recuerdo con exactitud, eso es lo que creo, el ojo, solo le veía un ojo, solo veía la mitad de su miedo y tristeza, del condenado animal que me miraba a mí. Y yo no hice nada.
Antes de hacer los exámenes de la tercera evaluación se marchó. Se llamaba Alberto.
Entró por primera vez en clase a media mañana, justo después del recreo, aún andaba por mi boca el sabor de la nocilla, y, cuando ya llevábamos dos meses de curso. Yo recuerdo con exactitud ese momento, eso es lo que creo, porque nada más aparecer por la puerta en compañía del director que nos lo presentó, me soltó el muy cabrón una patada en la espinilla derecha, que se me saltaron las lágrimas.
Su aspecto era impecable, como de no ser el hijoputa que llevaba dentro. Llevaba pantalón vaquero largo, cuando todos íbamos de corto, y unas zapatillas deportivas que no eran de La Tórtola. Su cazadora roja llevaba a la espalda palabras negras en inglés que yo no entendí pero que sí copié letra a letra en mi cuaderno de matemáticas, porque la seño lo sentó delante de mí en una mesa que trajeron de otra clase, “The House of the Baskervilles”.También apunté lo que ponía en sus blancas zapatillas, “Reebok”.
Las lágrimas me las tragué por los ojos y no dije nada a nadie, ni a Joaquín que estaba a mi lado. Quizás ese día repartió más regalos silenciosos como el mío.
Yo no dije nada y nadie dijo nada. Tampoco el día, que a la salida de clase, ató a un perro con un cordel de pita y lo fue arrastrando por todo el Camino de la Fuente, hasta el Cabezo de La Doctrina. Tampoco dijimos ni hicimos nada que no fuera seguirle en sudorosa algarabía cuando decidió ahorcar al pobre perro en el primer pino que se encontró. Yo recuerdo con exactitud, eso es lo que creo, el ojo, solo le veía un ojo, solo veía la mitad de su miedo y tristeza, del condenado animal que me miraba a mí. Y yo no hice nada.
Antes de hacer los exámenes de la tercera evaluación se marchó. Se llamaba Alberto.
domingo, 17 de octubre de 2010
Mi abuelo (1)
A vosotros que soy todavía niños y a los que además sois abuelos.
Mi abuelo ha tenido siempre dos o tres jaulas rulando por la casa o en el cuarto de los trastos. Las jaulas siempre han estado vacías. Mi abuelo ha tenido siempre dos o tres montones de pájaros, más o menos. Los pájaros siempre han estado en el huerto.
Hoy me paseo con mi abuelo por el huerto, lo hago muchas veces, me tumbo en la hierba y las hormigas se me suben por la ropa y me hacen cosquillas. La ropa se me mancha de verde.
El abuelo escarba con una pajita en el agujero de una araña, se sopla el bigote y chasca los dedos esperando que salga. Una mariquita en una rosa se ríe. Espero que sea de nosotros.
(La ilustración, lo mejor, regalo de Salvador Caro Perez-Muelas)
martes, 28 de septiembre de 2010
Gravedad
Corría el año 1665. Yo venía de Londres huyendo de la peste.
Me lo encontré en una encrucijada en el condado de Lincolnshire.
Entonces ofreciéndole tabaco le pregunté:
-¿Este camino de la izquierda conduce a Woolsthorpe?.
-Ni lo sé, ni me interesa – me contestó el insensato.
Entonces fue cuando, enfadado, le di una patada al tronco del manzano bajo el cual, se cobijaba de la lluvia.
Fue tal el golpe que le propinó la madura fruta que allí quedó medio aturdido, ensopado y con la cabeza herida.
Yo salí corriendo por el camino de la derecha y ya no supe más de este desdichado y de su fortuna.
Me lo encontré en una encrucijada en el condado de Lincolnshire.
Entonces ofreciéndole tabaco le pregunté:
-¿Este camino de la izquierda conduce a Woolsthorpe?.
-Ni lo sé, ni me interesa – me contestó el insensato.
Entonces fue cuando, enfadado, le di una patada al tronco del manzano bajo el cual, se cobijaba de la lluvia.
Fue tal el golpe que le propinó la madura fruta que allí quedó medio aturdido, ensopado y con la cabeza herida.
Yo salí corriendo por el camino de la derecha y ya no supe más de este desdichado y de su fortuna.
viernes, 10 de septiembre de 2010
La muerte y la mortadela
La madre de Ignacio es lo que mi padre dice “una mujer fuerte”. Bueno mi padre también dice que todas las mujeres son fuertes. Lo dice porque el padre de Ignacio se murió cuando nosotros íbamos a tercero, que vino el alcalde a la clase y se llevo a Ignacio haciéndole caricias en la cabeza. Y luego nos enteramos que a su padre se le había volcado el tractor encima en la cuesta del Cabecico Blanco y lo había matado, matado para siempre. Ignacio y yo estuvimos sentados en la tapia de su casa todo el día, casi sin hablar nada, mientras toda la gente del pueblo entraba y salía. Mi madre nos trajo unos bocadillos de mortadela y unas fantas…
Cuando vienen los gitanos al pueblo venden por las calles ajos de la cabeza gorda… Cuando vienen los gitanos al pueblo compran cacharros viejos, cantaros, lebrillos, medallas de oro y plata, monedas, libros... y también se interesan por los burros viejos. Los llevan al alto de Camarota y los atan a la baranda. Luego por la tarde cuando están todos allí los montan en un camión y se los llevan a no se que país, dicen que para hacer mortadela.
Cuando vienen los gitanos al pueblo venden por las calles ajos de la cabeza gorda… Cuando vienen los gitanos al pueblo compran cacharros viejos, cantaros, lebrillos, medallas de oro y plata, monedas, libros... y también se interesan por los burros viejos. Los llevan al alto de Camarota y los atan a la baranda. Luego por la tarde cuando están todos allí los montan en un camión y se los llevan a no se que país, dicen que para hacer mortadela.
martes, 24 de agosto de 2010
¿Quieres verlo de nuevo? ¡paga!
Anoche no hice el amor con mi mujer. Como otras muchas noches. Pero además ni hablamos. Dormimos juntos pero de espaldas el uno al otro.
Otras noches dice:
–Mañana cariño. Te prometo que mañana. ¡Vale!
Pero yo se que el mañana no existe, ni tampoco el pasado.
Fuera el viento sopla entre las hojas de la palmera que crece hasta la ventana del dormitorio, un quinto, un buen ejemplar de Phoenix datilífera, como un falo señalizador de la nada.
Me levanté temprano, no había descansado apenas en toda la noche.
“Cuando salí estaba empezando a amanecer”
Yo nunca le había sido infiel a mi mujer.
Cogí las llaves del escarabajo y salí del garaje escuchando a Tracy Chapman:
“You got a fast car
I want a ticket to anywhere
Maybe we make a deal
Maybe together we can get somewhere”
Siempre le he limpiado el coche a mi mujer en el lavadero del centro comercial. Al cruzar el puente del auditorio me fijo en la gente que ya anda pescando en el rió. Barvos con sabor a ciénaga.
El lavadero acababa de abrir. Solo hay un mercedes 300 delante. Una chica nueva me rocía jabón líquido por los faros, por el capó, por el parabrisas, por las ruedas y pegando su cuerpo al coche con un cepillo frota por los intersticios. Yo bajo el cristal y le doy cinco euros. Ella sonríe.
Cuando los rodillos terminan de hacer su trabajo, giro a la izquierda y salgo por detras, donde descargan los camiones del centro comercial. Al final de la calle una puta a mi paso se levanta la falda. Yo, que voy en mis pensamientos, no veo nada.
Giro de nuevo a la izquierda y me propongo volver a pasar.
Y allí estaba ante la puta, pero la puta, que reconoce el coche, me grita:
–¿Quieres verlo de nuevo? ¡Paga!
Yo avergonzado, solo un poco avergonzado, acelero. Cuando el semáforo se pone en verde, giro a la izquierda.
En el equipo del coche vuelve a sonar “You got a fast car I want a ticket to anywhere … “
Otras noches dice:
–Mañana cariño. Te prometo que mañana. ¡Vale!
Pero yo se que el mañana no existe, ni tampoco el pasado.
Fuera el viento sopla entre las hojas de la palmera que crece hasta la ventana del dormitorio, un quinto, un buen ejemplar de Phoenix datilífera, como un falo señalizador de la nada.
Me levanté temprano, no había descansado apenas en toda la noche.
“Cuando salí estaba empezando a amanecer”
Yo nunca le había sido infiel a mi mujer.
Cogí las llaves del escarabajo y salí del garaje escuchando a Tracy Chapman:
“You got a fast car
I want a ticket to anywhere
Maybe we make a deal
Maybe together we can get somewhere”
Siempre le he limpiado el coche a mi mujer en el lavadero del centro comercial. Al cruzar el puente del auditorio me fijo en la gente que ya anda pescando en el rió. Barvos con sabor a ciénaga.
El lavadero acababa de abrir. Solo hay un mercedes 300 delante. Una chica nueva me rocía jabón líquido por los faros, por el capó, por el parabrisas, por las ruedas y pegando su cuerpo al coche con un cepillo frota por los intersticios. Yo bajo el cristal y le doy cinco euros. Ella sonríe.
Cuando los rodillos terminan de hacer su trabajo, giro a la izquierda y salgo por detras, donde descargan los camiones del centro comercial. Al final de la calle una puta a mi paso se levanta la falda. Yo, que voy en mis pensamientos, no veo nada.
Giro de nuevo a la izquierda y me propongo volver a pasar.
Y allí estaba ante la puta, pero la puta, que reconoce el coche, me grita:
–¿Quieres verlo de nuevo? ¡Paga!
Yo avergonzado, solo un poco avergonzado, acelero. Cuando el semáforo se pone en verde, giro a la izquierda.
En el equipo del coche vuelve a sonar “You got a fast car I want a ticket to anywhere … “
sábado, 31 de julio de 2010
El hijo del carnicero
A Mademoiselle Hélène Daville
Cuando un día le pregunte a mi abuelo por el hijo del carnicero, me dijo:
-El hijo del carnicero ya era tonto antes de que la maquina de picar carne le arrancara el brazo.
El hijo del carnicero vivía en una casa que parecía un castillo, que solo le faltaba el foso. Tenía una tapia que la rodeaba por todos lados.
Su madre siempre andaba tendiendo ropa y hablando en voz alta para nadie. Su padre siempre andaba cagándose en la puta y escupiendo en el suelo.
El hijo del carnicero debe andar ya por los cincuenta y tantos y sin embargo parece un niño. Ahora esta solo.
Por las tardes, cuando bajo a la biblioteca, paso por su calle. Siempre me lo encuentro sentado en lo alto del muro.
Pero hay que andarse con mucho cuidado porque el muy cabrón a la más minima te escalabra con una piedra suelta de su muralla.
Una vez lo vi caerse desde arriba, cuando apedreaba a alguien que no era yo. Al hacer el impulso para lanzar su rabia termino desequilibrándose y cayó al suelo empedrado como un saco de manzanas.
Entonces, con la boca ensangrentada y sin quejarse lo más mínimo, lo vi entretenerse en matar hormigas con su único dedo índice. Una tras otra.
Cuando un día le pregunte a mi abuelo por el hijo del carnicero, me dijo:
-El hijo del carnicero ya era tonto antes de que la maquina de picar carne le arrancara el brazo.
El hijo del carnicero vivía en una casa que parecía un castillo, que solo le faltaba el foso. Tenía una tapia que la rodeaba por todos lados.
Su madre siempre andaba tendiendo ropa y hablando en voz alta para nadie. Su padre siempre andaba cagándose en la puta y escupiendo en el suelo.
El hijo del carnicero debe andar ya por los cincuenta y tantos y sin embargo parece un niño. Ahora esta solo.
Por las tardes, cuando bajo a la biblioteca, paso por su calle. Siempre me lo encuentro sentado en lo alto del muro.
Pero hay que andarse con mucho cuidado porque el muy cabrón a la más minima te escalabra con una piedra suelta de su muralla.
Una vez lo vi caerse desde arriba, cuando apedreaba a alguien que no era yo. Al hacer el impulso para lanzar su rabia termino desequilibrándose y cayó al suelo empedrado como un saco de manzanas.
Entonces, con la boca ensangrentada y sin quejarse lo más mínimo, lo vi entretenerse en matar hormigas con su único dedo índice. Una tras otra.
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